sábado, 28 de noviembre de 2015

A las Riscas de Santa Catalina desde Valdemaqueda (28 de noviembre de 2015)

En el extremo occidental de la provincia de Madrid, lindando con la de Ávila, se encuentra Valdemaqueda. Hasta aquí nos hemos acercado en el día de hoy.

Para llegar a Valdemaqueda (872 m.) no hay más que tomar la M-537 en Robledo de Chavela, avanzar por ella unos kilómetros y vadear por un puente el río Cofio, que un poco más al sur une sus aguas al Alberche en el pantano de San Juan.
 
Nada más desembocar en el pueblo detectamos la presencia de los temidos cazadores. Se les huele a distancia. Los coches aparcados y las indumentarias que visten los delatan. Empezamos a temer que no pudiéramos hacer lo previsto, pero afortunadamente la montería se desarrollaría por los alrededores del Risco del Águila, que no entraba dentro de nuestros planes.
 
Nuestra idea era ascender a las cumbres de La Atalaya (1.367 m.), la Risca Grande de Santa Catalina (1.386 m.) y la Risca Pequeña de Santa Catalina (1.244 m.). A la primera de ellas no subiríamos finalmente, como luego comentaremos. No tuvieron nada que ver en ello los cazadores. O quizá sí.
 
Abandonamos el pueblo en dirección norte, por una amplia pista de tierra arenosa, que rápidamente se interna en el pinar y va ganando altura cómodamente.
 
 









 
Abundan por aquí los pinos resineros, que aún hoy siguen explotándose, aunque no con la intensidad de hace unas décadas. Fue en 1906 cuando la Unión Resinera Española adquirió a los Duques de Medinaceli más del 90 % de las tierras del término municipal de Valdemaqueda, iniciándose a partir de entonces la explotación de estos pinares. Son visibles las huellas de la industria resinera, tanto presente como pasada. Vemos desperdigados por el suelo muchos tiestos de barro, que antiguamente se fijaban al tronco de los pinos para recoger la miera que exudaban. Hoy estos tiestos o potes los hacen de plástico. Encontramos también un par de bidones metálicos, con las siglas de la Unión Resinera Española, que se empleaban para el transporte de la miera.


 
 
En nuestro ascenso pasamos por el paraje de los Prados del Hoyo, una extensa pradera en la que crece la hierba cervuna y en la que se levantan la ermita de Nuestra Señora de los Remedios y una casa de resineros. Esta última debía estar derruida, según la descripción que llevábamos, pero nos la hemos encontrado totalmente restaurada.
 
 
En los Prados del Hoyo




Ermita de Nuestra Señora de los Remedios




Un pino colonizado por el muérdago

 
Un poco por encima de estos prados, el camino que ascendía al collado del Turral estaba cortado por el vallado de una finca privada, destinada a coto de caza, según leímos en un cartel. Un contratiempo, porque este era el camino que debíamos seguir, según la descripción del libro de El Senderista.
 
Nos vemos una vez más obligados a improvisar. Ascendiendo por el pinar, en paralelo al vallado, alcanzamos el collado de Postemas (1.222 m.), que se abre entre La Atalaya, al norte, y la Risca Grande de Santa Catalina, al sur. Por pista ancha de tierra alcanzamos sobre las dos de la tarde esta última cumbre, coronada por varias antenas, que ofrece buenas vistas de otras montañas de los alrededores, como los Altos de Cartagena, Cueva Valiente, Cabeza Líjar, el Barranco de la Cabeza, el pico de San Benito, La Almenara, la Peña de Cadalso, la Peña de Cenicientos o las primeras estribaciones de Gredos. Unos metros por debajo de las antenas, en una zona llana, nos sentamos a comer.




 
 


Las Navas del Marqués y los Altos de Cartagena
 



En la Risca Grande de Santa Catalina


 
 
 
 
Un esforzado senderista y mejor persona


Ermita de los Remedios y Prados del Hoyo
 
 




Con el pico de San Benito al fondo


Continuaremos luego por el cordal hacia el sur, alcanzando la Risca Pequeña de Santa Catalina, desde la que descendemos por una pista que da vista al valle del río Cofio, a la línea férrea Madrid-Ávila y a las urbanizaciones Río Cofio y La Suiza Española, que pertenecen al municipio de Robledo de Chavela. Aún se perciben las huellas de los incendios que en septiembre de 2003 y agosto de 2012 arrasaron varios cientos de hectáreas de pinar en el cerro de Santa Catalina. Algunos pinos con el tronco ennegrecido resistieron y con el tiempo, en un alarde de resistencia, han vuelto a verdecer. Las tareas de reforestación iniciadas tras el incendio de 2012 se prolongarán hasta 2018.






La pista pierde altura bruscamente, trazando varias zetas y desemboca en el Camino de los Corrales, que tomamos a mano derecha para plantarnos en un periquete en el camping Canto de la Gallina, a la entrada de Valdemaqueda. Hemos hecho en total unos trece kilómetros y medio. En el suelo, junto a un jeep, yacen los cuerpos de dos jabalíes. La cacería ha debido ser de órdago. No recuerdo haber visto nunca tantos vehículos para el transporte de rehalas.
Sin más preámbulos, nos metemos en el bar El Mirador a por la espuela. Ni nos acordamos de acercarnos a ver la casa-palacio de los Medinaceli, que dicen es, con el permiso de la iglesia de San Lorenzo y del antiguo ayuntamiento, el edificio más destacado de la localidad, destinado actualmente a fines culturales. Otra vez será.


 
 
Al fondo, la Almenara










Camping Canto de la Gallina

 
Pino resinero
Se le conoce también popularmente como pino negral, negrillo o rodeno, aunque su nombre científico sea pinus pinaster.
Se asienta sobre suelos arenosos y su biotopo se circunscribe al área mediterránea.
Presenta tronco de corteza pardo-rojiza, profundamente fisurada y copa abierta de ramas muy extendidas.
Sus piñas son más grandes que las de otras especies de pino que se dan en nuestra península.
 
Bibliografía
Las mejores excursiones por la Sierra Oeste de Madrid. Juan Pablo Avisón. Editorial El Senderista. En la ruta nº 13 se describe la subida a La Atalaya, que no pudimos completar, al estar cortado el camino por encima de los Prados del Hoyo.
 
Enlaces
Cerro de Santa Catalina (por Andrés Campos). El itinerario descrito no coincide con lo que hicimos, salvo en la bajada, pero se ofrecen algunos datos interesantes sobre el oficio de los resineros.
Sierra de Valdemaqueda (por Alfredo Merino). Al sur de la localidad se levanta esta sierra de poco más de mil metros de altitud, que engloba los cerros y riscos de San Pedro, del Boquerón, de Valdecatones, del Águila, del Chaparral, Valdeparaíso y Gelechal.
Sobre las tareas de reforestación iniciadas tras el incendio de 2012 (El País, marzo de 2014).
 

sábado, 21 de noviembre de 2015

De La Panera a La Peñota (21 de noviembre de 2015)

Hemos vuelto al Valle del Río Moros o Garganta de El Espinar, ese amplio valle encerrado entre altas montañas, como la Mujer Muerta, el Montón de Trigo o La Peñota, y cubierto de extensos y maduros pinares, que forman una de las más espléndidas masas forestales de nuestra sierra.
 
Nuestra idea era acercarnos a La Panera y ascender desde ahí al pico de Pasapán e incluso a la Peña del Oso. Pero al entrar en uno de los bares que hay en el barrio de la Estación de El Espinar, nos enteramos de que precisamente hoy tocaba batida de caza por esa zona. Cachis la mar. Estamos gafaos.
 
 
 
 
Pero nosotros no somos de los que nos venimos abajo a las primeras de cambio. Ya lo querrían algunos pero... No vamos a cambiar una buena caminata por un cochinillo en el Mesón de Cándido o similar. Eso sí que no.
 
 
En el collado de Cerromalejo
 
 
Nuestro improvisado plan de emergencia va a consistir en subir a La Peñota (1.945 m.) por el collado de Cerromalejo, siguiendo luego el GR-10 hacia el Cerro del Mostajo y la Peña del Cuervo. Desde esta última altura abandonaremos el cordal para descender bruscamente por un cortafuegos y empalmar con el cordel de las Campanillas, que nos deja a escasos cinco minutos del coche.
 
 
Desde el collado de Cerromalejo
 
 
 
 
El tiempo fue mejorando a medida que avanzaba la jornada. A la ida, yendo en coche, nos llovió con fuerza a la altura de Villalba y Guadarrama. Pero algo más adelante dejó de hacerlo. Y tampoco llovía cuando llegamos al barrio de la Estación de El Espinar, ni lo haría en ningún momento durante la ruta.
Cierto es que hizo bastante viento. No se notaba tanto en nuestro ascenso por el fondo del valle, pese a que rugía entre los pinos. Pero cobró más intensidad cuando ganamos el cordal, haciéndose insoportable por momentos. Como soplaba del norte, nos sentamos a comer al pie del vértice de La Peñota, en la vertiente que mira hacia Madrid. Y ahí nos quitamos todo el viento como por arte de magia.
 
 
Al pie de La Peñota
 
 
 
 
Pese al viento, las nubes irían progresivamente retirándose, ofreciéndonos algunos momentos de sol. Y las cumbres de la Mujer Muerta terminarían por despejarse. Un día bastante potable. Hicimos bien en no dejarnos tentar por el Mesón de Cándido.
 
 
Comenzamos a bajar por el cortafuegos


Un poco antes de las tres y media de la tarde dimos la ruta por finalizada. De vuelta a Madrid paramos un rato en San Rafael para tomarnos algo en el café bar Orly, en el que sirven cerveza de trigo de la marca König Ludwig, dato que a buen seguro celebrarán alborozadamente los germanófilos del grupo. Entretanto Djokovic daba buena cuenta de Nadal.

 
Guardando los bártulos
 
 
Garganta de El Espinar
Por su fondo corre el río Moros, que nace en la solana del Montón de Trigo, en el paraje conocido como Ojos del Río Moros.
En época musulmana atravesaba la garganta el Balat Humayd, el camino que venía de Córdoba, la capital omeya de Occidente.
En el Libro de la Montería del rey Alfonso XI, escrito en la primera mitad del siglo XIV, es mencionada como Garganta de Ruy Velázquez.
En la confluencia del arroyo de Blasco con el río Moros, entre los merenderos, las piscinas y los aparcamientos del área recreativa de La Panera, quedan aún hoy las ruinas de la antigua venta del Cornejo, mencionada en el Libro de Buen Amor, en la que el Arcipreste de Hita tuvo una mañana un encuentro con la serrana Menga Lloriente.
El principal medio de vida de las gentes del valle fue tradicionalmente, junto al pastoreo de ovejas y cabras, la corta y saca de madera de sus pinares, que junto con los de Valsaín y El Paular se cuentan entre los mejores pinares del Guadarrama. En los siglos XVI y XVII se talaron cientos de miles de pinos para fabricar vigas y tablones empleados en la construcción de edificios en la Corte y en los Reales Sitios (como el Monasterio de El Escorial).
En un paraje junto al río Moros se estableció en 1859 la primera escuela de prácticas para ingenieros de montes que hubo en España, dirigida inicialmente por el catalán José Jordana.
 
Bibliografía
Memorias del Guadarrama. Julio Vías. Dedica cinco o seis páginas a hablar de la Garganta de El Espinar.

domingo, 15 de noviembre de 2015

De Camorritos al Collado Albo y los Siete Picos (14 de noviembre de 2015)

Aprovechando otro día soleado en este noviembre inusualmente cálido nos hemos acercado hasta el apeadero de Camorritos (1.350 m.) para subir desde allí a los Siete Picos.
 
Hemos optado una vez más por la montaña. Hemos preferido huir de la boina de contaminación que se extiende sobre Madrid que darnos un paseo por la Gran Vía y entrar en el Primark recién inaugurado, del que todo quisqui habla últimamente. Pero qué diablos tendrá el Primark, nos preguntamos. Y la verdad es que, al margen del poder del marketing para lavarnos el cerebro,  no acertamos a dar con una respuesta.
 
Nuestro objetivo era subir a los Siete Picos por un itinerario novedoso. Primeramente nos acercaríamos hasta el Collado Albo y desde aquí, siguiendo una descripción de Alfredo Merino, subiríamos de forma muy directa hasta el séptimo de los Siete Picos, pasando por la cima secundaria de Pimpolla Negra.
 
Algo pasadas las diez y media echamos a andar desde Camorritos por la pista que cruza al otro lado de las vías del tren y enseguida pasa junto a la entrada de la Granja de Río Pradillo, en la que se elaboran quesos y yogures ecológicos.


 
 
Pronto volvemos a recruzar la vía férrea y llegamos al prado del Componedor, un claro del pinar junto al río Pradillo, en el que termina la pista para convertirse en camino.
 
 




 
Un poco más arriba, un pequeño agrupamiento de casas, algunas en ruinas, nos indica que hemos llegado al apeadero de Siete Picos, en el que desde hace algunos años ya no para el trenecito de Navacerrada.



 
A partir de aquí se endurece la subida. Remontando por un cortafuegos que discurre bajo el tendido eléctrico alcanzamos el Collado Albo (1.580 m.), un rellano situado sobre el espolón que cae desde el Séptimo Pico hacia el sur. El lugar aparece mencionado por Camilo José Cela en su Cuaderno del Guadarrama. A poniente queda el Hoyo del Terradillo o Hueco de Siete Picos, por el que desciende el río Pradillo y del que venimos; a levante tenemos el valle de Navalmedio, por el que asciende la carretera del puerto de Navacerrada.
 
 

Al fondo, la Peñota


En el Collado Albo
 
 
Desde aquí viramos hacia el norte siguiendo una estrecha senda con hitos que discurre por el interior del pinar y pronto se convierte en arrastradero para la saca de madera.
 
 





Vamos ganando altura y comenzamos a distinguir a nuestra derecha la cuerda de las Cabrillas, la Maliciosa y la Bola del Mundo. Los pinos de Valsaín le dan al paisaje un toque inequívocamente guadarrameño. Y es que estamos en el corazón mismo del Guadarrama. Aquí palpita y se siente el Guadarrama.
 
 



Pasamos junto a la Pimpolla Negra (1.890 m.), que no es más que un amontonamiento de rocas en este hombro o cordal secundario que desciende desde el Séptimo Pico.




El más puro Guadarrama



 
Continuamos nuestra trepada por terreno a tramos granítico. Los hitos, que conviene no abandonar, nos ayudan a sortear las rocas y encontrar el mejor paso.


 
 
Salimos finalmente a la Senda Herreros, en la que encontramos gente. Pero nuestra idea es continuar de frente, ascendiendo al Séptimo Pico de forma directa y de hito en hito.


 
 
Son casi las dos y media cuando nos situamos al pie del Séptimo Pico (2.138 m.). Nos sentamos a comer sobre unas rocas que miran hacia el sur, hacia la vertiente madrileña, protegiéndonos del aire más frío que entra del lado segoviano.
En el reposo de la sobremesa, José Antonio se encarama hasta el vértice del Séptimo Pico, en representación del sexteto.


 
 
Debíamos ahora caminar por lo alto del cordal, pasando por las restantes cimas de Siete Picos, pero en algún momento nos despistamos y siguiendo unos hitos perdemos excesiva altura hacia el lado segoviano, que está totalmente a la sombra.
 
Enmendamos el yerro y salimos nuevamente al cordal, casi a la altura del Tercer Pico, en el que se abre el Ventano del Diablo. Por detrás de él y al pie del Segundo Pico se inicia la bajada hacia la pradera de Majalasna, desde la que tenemos dos alternativas para bajar a Camorritos.
 
 






 
Dada la hora que es, optamos por la opción que nos parece más corta y que consiste en descender por el PR hasta la pradera de Navarrulaque y desde allí seguir el GR-10.1 que desemboca en Camorritos perdiendo altura por la Vereda de las Encinillas. Sobre las seis y diez de la tarde damos por concluida esta fantástica ruta por el Guadarrama más genuino.
 
 

 
 
Pararemos en Guadarrama para la cerveza y el cola-cao de después de la ruta. Pensábamos que resultaría más fácil aparcar que en Cercedilla, pero costó también lo suyo.
 
 

La olma de Guadarrama


 
 
El Eléctrico del Guadarrama
Un 14 de julio de 1923 fue inaugurado el tranvía eléctrico de Cercedilla al Puerto de Navacerrada, siendo el ingeniero José de Aguinaga su principal mentor y el primer director de la compañía que prestaba el servicio, amén de principal impulsor de la construcción de la colonia de chalés de Camorritos. A este acto inaugurativo asistieron los Reyes en persona.
El trazado de la línea tenía inicialmente una longitud de once kilómetros. No sería hasta la década de los 70 cuando se perforó un túnel bajo el Puerto de Navacerrada y se prolongó el recorrido hasta Cotos.
 
Bibliografía
50 rutas por el Parque Natural de la Sierra de Guadarrama y su entorno. Alfredo Merino. Editorial Desnivel. Ver la ruta nº 36 (Siete Picos desde Camorritos por Collado Albo).
 
Enlaces
Collado Albo (por Andrés Campos)