miércoles, 7 de diciembre de 2016

En el cerro de La Campana (1 de agosto de 2005)

Hace unas semanas, hojeando el suplemento de viajes de El País, que sale a la calle los viernes, me topé con un artículo sobre el cerro La Campana, al que subí hace la friolera de 11 años, en un viaje que hice por Chile. Tengo un buen pretexto para escribir una breve reseña de aquella ascensión, pensé, y de acompañarla con algunas fotos que tenía desde entonces archivadas.



A la entrada del parque



El cerro La Campana (1.920 m.) se levanta en el centro de Chile, a medio camino entre Santiago y Valparaíso. Pertenece a lo que los chilenos llaman la Cordillera de la Costa, una cadena montañosa que surge entre el océano Pacífico y los volcanes de los Andes.




El cerro La Campana



A él subió en agosto de 1834, coincidiendo con el invierno austral, un joven Charles Darwin, impulsado tanto por su interés científico como por su ansia de aventuras. En sus diarios, el naturalista británico se mostraría entusiasmado por la geología de estas montañas, su flora, su fauna y sus impresionantes paisajes.







Era primer día de agosto y estaba al inicio de mi viaje por el país, pernoctando estas primeras noches en Santiago. La víspera me había acercado hasta la portuaria y pintoresca villa de Valparaíso. Hoy me esperaba el cerro La Campana, en lo que iba a ser mi primera excursión montañera del viaje, antes de volar hacia Calama, en el Norte Grande.




Una bocamina



Compré billete para el autobús de Santiago a Olmué. En esta última localidad tenía dos opciones: tomar un taxi hasta la entrada al Parque Nacional de La Campana o subir en un minibús local hasta Granizo, que está a apenas un kilómetro de la entrada al parque. Me imagino que debí optar por la segunda de ellas.




Placa de homenaje a Darwin



En la entrada al parque los guardas me dieron un planito y algunas indicaciones para ascender a la cumbre de La Campana. Aunque el cerro no llegue a los dos mil metros de altura, se trata de una dura ascensión, en la que hay que salvar 1.400 metros de desnivel. No fue, por tanto, un paseo sino un machaque. Había que subir para luego volver a bajar todo en el día.




Mi mochila en la cima



Concluida la ruta tuve tiempo en Olmúe, antes de volverme a Santiago, de entrar en un videoclub con conexión a internet. Ahí debí de escribir algún mensaje para el foro de Sendas de Madrid, iniciando una serie que, bajo el título de Enchilado, causó furor. O eso decían por quedar bien.



El autobús que me bajó de Granizo a Olmué







Marcelo y Ricardo, en el videoclub


Artículos
La montaña que fascinó a Darwin (El País, noviembre de 2016)

No hay comentarios:

Publicar un comentario